LA FUENTE DEL RECUERDO

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viernes, 20 de mayo de 2016

EL SUEÑO DE LOS INOCENTES




Por Fabio Rodríguez

El ruido de las sirenas se hizo más nítido. Fady se apresuró y tomó al pequeño Hasam de la mano. Luego, de prisa, buscó la linterna y salió al encuentro de su padre, su madre y su hermana mayor. Los cinco descendieron por las escalinatas y abrieron la puerta de la bóveda que conducía al subterráneo que su padre había construido debajo de la casa, meses atrás.
Mientras se adentraban en el angosto túnel, rumbo al cuarto de refugio, Fady preguntaba a su padre, el porqué de la tardanza en las demoliciones de la ciudad, ya llevaban cinco días y aún no iniciaban la construcción de la Nueva Ciudad, aquella que su padre le había descrito y que tendría muchos parques infantiles, un zoológico, un circo grande, una fuente luminosa, canchas de fútbol, estadio de atletismo, piscina y un gran teatro para ver títeres y películas.
Fady, ansioso preguntó:
- Padre cuántos días faltan para ver la Nueva Ciudad.
Násser le respondió:
- Ten calma hijo, el Señor todopoderoso, tiene su tiempo medido, solo te aseguró que será pronto. Él nos lo prometió y cumplirá. Por ahora hijo, arrópate y trata de dormir, deja que arriba los "demoledores" terminen su labor para que todo esté listo en la Nueva Ciudad.
El pequeño Fady, asintió con la cabeza, se inclinó para recibir la bendición de su padre y junto a Hasam se durmió profundo, Násser terminó de entonar el cántico del poder:*


"Lo hemos revelado en la noche del destino
y ¿cómo sabrás que es la noche del destino?
La noche del destino vale más de mil meses
Los ángeles y el Espíritu Santo descienden en ella
con permiso de su Señor, para fijarlo todo
!!!Es una noche de paz hasta rayar el alba!!!
!!!Es una noche de paz!!!... !!!Es una noche de paz!!!...


Aún no había amanecido y Fady ya estaba listo para dejar el refugio y regresar a la superficie. Era sábado y como de costumbre esperaba encontrarse a media mañana con los chicos del barrio, para ir hasta la playa a jugar con la pelota de trapo.
Los escombros en la ciudad cada día eran más notorios. Fady observaba la destrucción del barrio, sentía cierta nostalgia, pero la certeza y la seguridad en las palabras de sus padres, le hacía confiar plenamente que aquello era para construir la Nueva Ciudad. Eludiendo obstáculos alcanzó la calle principal, saltando entre los escombros, de cuando en cuando recogía retazos de tela y los amarraba con el cordel de un viejo costal que halló a la salida de su casa para ir fabricando la pelota de trapo.
A la hora de siempre llegó a la playa, y por un momento, sus vivaces ojos se fijaron en la inmensidad del mar, el rumor de las olas en su oído le producía una especie de tranquilidad que sosegaba el temor que cada noche sentía cuando ese infernal estruendo que los demoledores hacían en la superficie se filtraba por el angosto túnel, donde dormía él junto a su familia. Fady permaneció varios minutos, allí contemplando el horizonte y colocando sus diminutas manos en al arena para que los últimos suspiros de las olas le mojaran los dedos.
Unas pequeñas manos se posaron en su hombro, sacándolo de la meditación. Allí junto a él estaban Azha y Faysal listos para el juego, los demás aún no llegaban. En total eran ocho los amigos de siempre.
Los tres chicos decidieron recoger caracolas marinas, mientras esperaban la llegada de sus compañeros. La espera tardó más de lo normal. Una hora después, sin tener razón de los otros chicos, Faysal les propuso jugar a buscar rostros en las imágenes de las nubes del firmamento. Los tres tendidos boca arriba en la arena reían imaginando figuras y paisajes que comentaban con derroche de imaginación. El firmamento teñido de leves copos de algodón, tenía un intenso color azul. El sol juguetón se escondía entre las nubes.
De repente un ruido ensordecedor les hizo girar la cabeza. Atónitos vieron como las nubes se rasgaban en una estela de humo, sobre sus cabezas una parte desprendida de un avión descendía velozmente.
Luego un estruendo infernal y un fuego abrasador que los cubría, seguido de un ardor en la piel y un silencio hondo, profundo que arrasaba el mar, la playa y ese agradable rumor de olas. Fady sintió que se sumergía en un caldero ardiente, cerró sus ojos y a lo lejos divisó una luz blanca, un destello tan luminoso y brillante como jamás lo había visto en su corta vida, al fondo la Nueva Ciudad que su padre le dibujó, la misma que se iba a construir tan pronto como los "demoledores" terminaran de destruir la actual.
Fady sus ojos dulces y tiernos y observó que estaba cubierto de un manto blanco, a su lado marchaba una muchedumbre silenciosa, que lo llevaba en hombros sobre un mullido tapiz de rosas blancas. Él ahora tenía alas blancas.
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*Corán 97: 1-5
    
                        

domingo, 15 de mayo de 2016



ARCILLA

Arcilla húmeda y fértil
tierra mágica y febril
entre mis agitadas manos

aprendiendo los contornos.

Ritual de sensual armonía
en el horizonte de los sueños.
Arcilla de esbelta desnudez,
pétalo de rosa hecho piel.
Tenue brisa delineando los muslos
al compás de la inquieta cadera
sobre un trigal en flor
en la sedosa cabellera posado.
Tibio sol deslizándose por la carne
acariciando en cenit desbordado
de los senos inmaculados.
Arcilla húmeda y febril
entre mis agitadas manos
esculpiendo el tiempo sutil
de los paraísos clandestinos
en la trinchera de tu ser
TULATO


miércoles, 30 de junio de 2010

EL RINCON DEL CUENTO

LA LINEA SIN FIN…


Por: Fabio Rodríguez

La penumbra invadió la habitación, sobre la mesa una rosa roja, al fondo, un viejo equipo de sonido dejaba escapar las notas de una melodía de Gilberto Santa Rosa. Con la destreza de un felino, se deslizo entre las sombras, depositó su ropa en el solterón, se coloco la pijama y fue a sentarse junto a la ventana como todas las noches. Entre sus manos, las hojas frescas de eucalipto que frotaba y luego olía con ansiedad. Su aroma iba impregnando el cuarto. En los últimos días, éste ritual se repetía con rigurosa puntualidad. Era una forma de ambientar las circunstancias que le permitieran tener contacto con la mujer que en sus sueños, aparecía cada noche, desde las dos semanas anteriores. Recordaba que la primera vez que lo visitó, traía una blusa negra con escote de tipo bandeja que dejaba al descubierto parte de los hombros, su piel era tersa como un durazno, y exhalaba un delicioso aroma, casi embriagador. Sus ojos tenían esa profundidad que se percibe en altamar, cuando le miraba, sentía una especie de desnudez espiritual, como si le indagara y a la vez le advirtiera que ella sabía todo respecto a él. Ese primer encuentro fue ameno, la noche era cálida, ella mantenía una postura serena, casi altiva, tenía, en sus ademanes, una actitud de seguridad, de dominio propio que le infundía a la charla una sensación relajante, sonreía por lo general con agrado, y cuando el comentario se cargada de humor, reía de forma natural dejando al descubierto toda la sensibilidad interior que era mezcla de inocencia y a la vez de perspicacia. Su risa tenía esa inocencia casi infantil y sin ataduras, limpia espontánea, que contagiaba y admiraba a la vez. Algunas veces la conversación se centró en sus aficiones musicales. Supo entonces que la música tropical, particularmente la salsa el fascinaba. La noche transcurría, él se sumía en una especie aletargamiento. La miraba con persistencia y su hermoso rostro se filtraba por los poros y se incrustaba en su alma.

Cada noche, la ansiedad era el denominador común. Antes de cada encuentro con ella, el ritual de preparación se hacia más complejo, pues cada charla le permitía conocer detalles acerca de ella, y los utilizaba para agradarla, para prolongar esas visitas furtivas, tratando de eternizar en el tiempo su presencia.

A medida que pasaban la noches, él sentía que en su ser se desbordada toda la poesía, que desde su interior un volcán se agitaba sin parar, casi a punto de explotar. No escatimaba esfuerzo y dejaban que la magia de su imagen le invadirá el alma y le tatuara esos versos en el corazón:

Te descubro a cada instante
mi sombra, mi látigo, mi cruz
mi deliciosa rosa fragante
mi guía de amor lejano, fuego y luz.
Te descubro con mis sueños gastados
con mis retazos de días agotados
y como en un oasis de silencios
mis manos, te beben hermosa fantasía.

A veces sufría, cuando observaba que ella tenía aflicción, ese manto de tristeza que se posaba, opacando el brillo del cielo en sus ojos. Pocas veces ella acepto hablar de eso, y se mostraba evasiva, o simplemente contestaba “bobadas mías”. Él había aprendido el lenguaje del corazón y sin duda casi siempre había en esa actitud, allí, una aflicción de amor, tal vez un desencanto, un amor no correspondido que la atormentaba, y entonces se le veía distante, fría, cargada de monosílabos, pero siempre le negó que tuviera una pena de amor, o mejor que estuviera enamorada de alguien. Y de nuevo él echaba mano de su verso para no perderla, para que su sueño siguiera siendo realidad:

Una noche de horizontes ajenos
sin firmamento, ni estrellas
tiene aroma de olvido y naufragio,
mientras en lontananza tu huella
se aleja... se aleja... se aleja...

Fueron muchas noches, todas terminaban con un poema, y la mañana como una esperanza de volverla a ver. Era sin duda su Musa, como había llegado no lo sabía, pero estaba allí y eso era suficiente, vivía para esos encuentros, su creatividad estaba al ciento por ciento, la disfrutaba; escribía arrumes de cosas, las tiraba al cesto de la basura, las volvía a escribir y de nuevo al cesto, luego se reía a carcajada batiente, hasta que al fin algún escrito se quedaba y era testimonio de sus sentimientos. Se tornaba feliz y volvía a renacer.

Ella en tanto le tomaba confianza, y daba la impresión de que disfrutaba de su compañía, llegaba puntual, tomaba la rosa roja, se quitaba el saco de lana y se sentaba frente a él. Desde allí le saludaba, enviándole un beso, soplando la palma de su mano. La conversación fluía: las tormentas de lo cotidiano, la interioridad del ser humano, las destrezas contra la aflicción, terapias de meditación para elevar el estado de ánimo, los comentarios jocosos, a veces solían intercambiar retazos de canciones y mil cosas más. Las palabras se hacían más íntimas y la confianza tenía aroma de afecto. Cada nuevo encuentro era oportunidad de plasmar en el papel un nuevo verso:

Esta noche te busco entre mis recuerdos
te presiento ardiente entre mi piel
en el camino de mis versos.
Es posible que esta madrugada
llegues aquí, radiante y victoriosa,
invadiéndolo todo, desde tus ojos
desde el paraíso de tus sentidos.

Él había tomado la decisión de prolongar, esos encuentros y hacerlos mas frecuentes, se había propuesto buscarla al día siguiente para compartir esas horas de atardecer que nunca habían sido posibles, pues sus encuentros siempre se sucedían en el horizonte del manto de la noche.

La Tarde se había teñido de gris, los nubarrones eran, en aquella época del año, comunes a esa hora, más tarde sin duda, una llovizna empezaría a danzar en medios de los paraguas, filtrándose al piso, con febril malicia. La inquietud era el denominador de su estado de ánimo aquella tarde. Sabía donde era posible encontrarla, por algunos comentarios en noches de diálogos prolongados tenía la información de la hora a la cual saldría para su casa, Ella le había contado muchas veces esa rutina, tomar el transporte al salir en la tarde. Decidió apostarse en la estación del trasmilenio para esperar allí el momento en que ella abordaría el transporte. La hora y la lluvia, que se acrecentaba, iban poco a poco congestionado la estación, a veces la muchedumbre se hacia insoportable y le entonces le asaltaba la duda de que ella no llegara allí ese día, sin embargo se reconfortaba pensando que en la noche le vería de nuevo, también era motivo de preocupación que en medio de tanta gente, no la pudiera ver, entonces se ponía alerta y tomaba una actitud nerviosa. La cual no pasaba desapercibida para la gente que a esa hora transitaba. No había lugar a dudas, el aroma de su piel se podía palpar a metros, su sonrisa, el tono de su voz, su sensual figura sus ojos profundos, no, no podía pasar desapercibida, su cabello abundante con el cual jugueteaba de manera coqueta, se podía percibir en la distancia sin equivocación, y su infinita y contagiosa alegría que era un himno alegría a la vida.

Entre el bullicio de la gente, se percato de su presencia, con rapidez de felino, como si se le fuera a escapara se acercó. Era tal su alegría, que su actitud se torno fuera de control. Hablaba sin parar, atropellaba las frases, con extremada ansiedad. Luego se reía, la contemplaba, le recitaba versos de los tantos que había escrito, volvía a hablar sin parar, y de nuevo reía. Era una imagen mezcla de desesperación y alegría de infinita alegría, cada poro de su piel exhalaba esa intensa sensación de un placer sin medida.

Debieron pasar muchas horas, la cuidad se escondía en el manto negro de las noche, la lluvia había cesado, ya nadie transitaba por la estación. Con precaución el policía bachiller se acercó.

- Perdón señor, si desea le regalo el afiche de la modelo, quedó espectacular en esa foto, pero mañana van a cambiar esa publicidad, así que si quiere se lo puede llevar para su casa, pero por favor, aquí usted ya no puede estar, es hora de cerrar, váyase a descansar.

La sirena de la ambulancia recorrió la ciudad de forma rápida, en la vía se observaba el brillante tapiz que dejaba la lluvia sobre el pavimento. Él, amarrado de pies y manos seguía recitando versos y estallando en carcajadas por instantes. La ambulancia atravesó el portón del Hospital psiquiátrico, a lo lejos un perro callejero daba ladridos que eran hondos quejidos