LA FUENTE DEL RECUERDO

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lunes, 4 de junio de 2018

ESCULPIENDO EL PASADO


Por: Fabio Rodríguez M.
Con la mirada perdida en la bruma del paisaje, la pequeña Julieta contemplaba el horizonte donde se elevaban imponentes los cerros andinos. Sus ojos profundos y llenos de ternura se humedecen por instantes Su mente recorría los verdes campos donde había pasado su primera infancia al lado de sus abuelos maternos

El dolor de la tragedia aún permanecía presente. En sus recuerdos ese terrible caos, la insoportable gritería de la gente en medio de la penumbra de la noche. La lluvia incesante y el rugido ensordecedor de esa masa de barro recorriendo las calles, las empinadas laderas que descienden de la colina cercana al pueblo. Su desespero por hallar a sus padres, sin resultado. Tenía solo cinco años y un sentimiento de abandono se apoderaba de su conciencia. Luego el silencio total y la espesa bruma, el negro intenso de la noche y su cuerpo débil atrapado en medio del lodazal. La corriente ya se había llevado todo a su paso, su casa, el árbol donde su abuelo había colocado la vieja llanta donde en las tardes soleadas se mecía al arrullo de las canciones que tarareaba su abuela antes de la merienda.

Ese era el último recuerdo de su primera infancia, todo había ocurrido tan rápido y ella cada día se esforzaba por reconstruir el resto del relato de su vida y que le hacía falta para entender ese sentimiento de tristeza que le marcaba desde entonces como un sino trágico y que no era posible evitar. Sus padres nunca volvieron, sus abuelos tampoco. No hubo funerales, solo desde aquella terrible noche, ellos dejaron de hacer parte de su vida.

Con nostalgia su mente siguió recorriendo los años de oscuridad. En medio de ruido ensordecedor de sirenas, del murmullo y los gritos de la muchedumbre, ella no era capaz de razonar sobre los sucesos. El guarda de la Cruz Roja la tomó de la mano y la retiró del punto de riesgo. Ella reticente intentó soltarse, pero su voluntad iba perdiendo sentido casi a la par de su conciencia.


 La mañana siguiente tenía ese gris plomizo de las épocas de invierno, había despertado con un dolor fuerte en su tórax, se sorprendió al verse tendida en aquella camilla de hospital, postrada y recibiendo el suero de una manguerita que descendía del trípode de la pared. La enfermera se acercó y le acarició el cabello, luego sonrió y se acercó a la mesita a sus pies, acercó el platico de porcelana y le brindó un trozo de fruta picada. Con ternura le respondió que sus padres se habían ido y no regresarían porque Dios había decidido llevarlos a un sitio mejor donde ella, cuando fuera grande, podía ir a verlos de nuevo. Ella en medio del estupor siguió llorando por el dolor de su cuerpo y por que no entendía las palabras de la enfermera.

Le costó trabajo entender la ausencia de sus padres y aunque en el hospital la consentían mucho, en las horas de penumbra volvía a sobresaltarse y cuando la tarde daba paso a la noche entraba en una especie de shock que curiosamente coincidía con el cambio de turno de las enfermeras, especialmente de una de ellas a la cual le había tomado mucho afecto, tenía los cabellos lizos color de miel y la mirada tierna, de baja estatura. Cuando la veía sonreír le recordaba a su madre por el fulgor de su rostro y el tono de la voz. La enfermera solía llevarle regalos, casi siempre, chocolates y cuentos que le leía a diario y se dedico a la tarea de reforzar en la pequeña la historia de que ella cuando fuera grande podía volver a reunirse con sus padres y que para ese encuentro debería llegar alegre y radiante y además ser una persona profesional de éxito. A la pequeña le quedaba difícil a su edad entender las recomendaciones de la enfermera, por su parte ella usaba los cuentos para ir elaborando y fortaleciendo la idea que había sembrado en la mente de la pequeña.

La despedida fue algo traumática, la pequeña se resistía a dejar el hospital y la enfermera con un nudo en la garganta y con la ayuda de la psicóloga del hospital intentaban convencerla de que la familia que la llevaba la trataría bien y que además era el deseo de sus padres. Esta última razón la hizo acceder y aceptó a regañadientes partir con sus padres adoptivos. Ellos eran una familia de clase media, cuya tragedia era el hecho de que les era imposible tener hijos por la esterilidad de la mujer.


 Los años al lado de su nueva familia transcurrían de forma normal, Sus padres le prodigaban los cuidados necesarios. Había superado con la ayuda de una Psicóloga los traumas de la desaparición de sus padres biológicos. Su vida transcurrió en medio de los estudios y su hobby preferido la lectura. Sin sobresaltos y aunque el afecto de sus padres no era excesivo por las ocupaciones de ellos, si era suficiente para su crecimiento espiritual y físico.

Los años habían pasado muy rápido, ahora tenía quince años y recordaba a su abuela, cerca del fogón de leña, asando las arepas y tarareando canciones antiguas. A pesar de la edad eran sus manos ágiles para amasar y colocar al fogón luego darles vuelta y retirarlas. Ese olor característico de la arepa tomando su crocante no se le iba a olvidar nunca. Aquella tarde su abuela le había prometido que cuando ella falleciera desde el sitio a donde Dios la tuviera destinada la iba a guiar y a cuidar como siempre, solo tenía que recordar el delicioso olor del maíz puesto al fogón.

Así lo había hecho durante los últimos ocho años, en los momentos más difíciles de su orfandad, especialmente aquella época en que sucumbió a la tentación de las drogas. Recordó con tristeza y amargura la forma como se fue involucrando casi sin percatarse Aquel chico que la abordo en la parada del bus tenía algo especial para llamar su atención de una manera distinta, su mirada, su voz y su sentido del humor la atraparon. Entre inocente juegos de parte de ella y una bien alborada estrategia de parte de él, las cosas se fueron dando y casi sin darse cuenta se vio metida en una relación desbordada cuyo eje motivacional era el sexo y las drogas. Cada instante de enajenación producido por alguna sustancia que su novio le suministraba para ponerla eufórica y disfrutar de su cuerpo, finalizaba enmarcado por la imagen de la abuela y sus padres. Eran momentos de intensa desesperación, las palabras de ellos retumbaban en su cerebro precedidas de hondo lamentos y gritos de auxilio. La situación se repetía una y otra vez, después del placer el sufrimiento y el tormento de sus delirios. Las imágenes perturbadoras aparecían al comienzo en los momentos de trance hasta el día en que presa de la ansiedad por la ausencia de droga en su cuerpo y postrada en la camilla de una clínica donde milagrosamente se había salvado de una sobredosis, en medio del temblor y el frío de su cuerpo, el olor característico de las arepas puestas al fogón recorrió su ser. Fue como una inyección de tranquilidad, una tabla de salvación, al fondo la imagen borrosa de su abuela como otras tantas veces, sin embargo, esta vez, su abuela lucía radiante, no había lamentos ni gritos, su abuela sonreía como nunca, su ternura era manifiesta, se acercó le acarició el cabello y le enjugó las lágrimas. Un resplandor enceguecedor brotó en medio de la habitación. La abuela la tomó de la mano y ella presa de una honda emoción se aferró fuertemente y entre sollozos y llantos le dijo “Abuela no me sueltes por favor, vuelve, no me dejes”.

La mañana era resplandeciente, debía apurarse a tomar el vuelo rumbo a Colombia, se sentía alegre, llena de una energía como nunca antes había experimentado. La prensa la esperaba en el muelle internacional. Los últimos meses habían sido particularmente agitados. El éxito alcanzado en la muestra de sus esculturas en París era la culminación de una carrera exitosa. En el círculo de los intelectuales y artistas se comentaba el éxito logrado con su puesta en escena de un tema tan complejo como era adentrarse en el mundo de las emociones desde la escultura, logrando que el espectador percibiera hasta el olor de las arepas en el fogón.

Contestó las preguntas de la prensa y tomó la escalerilla del avión, el deseo de cumplir la promesa a su abuela de regresar para darles simbólica sepultura a sus padres y sus abuelos era en estos momentos la prioridad máxima de su vida. Además porque su abuela se había convertido en ese ser espiritual con la cual planeaba su vida al calor de tibio olor de las arepas recién asadas.                                

viernes, 20 de mayo de 2016

EL SUEÑO DE LOS INOCENTES




Por Fabio Rodríguez

El ruido de las sirenas se hizo más nítido. Fady se apresuró y tomó al pequeño Hasam de la mano. Luego, de prisa, buscó la linterna y salió al encuentro de su padre, su madre y su hermana mayor. Los cinco descendieron por las escalinatas y abrieron la puerta de la bóveda que conducía al subterráneo que su padre había construido debajo de la casa, meses atrás.
Mientras se adentraban en el angosto túnel, rumbo al cuarto de refugio, Fady preguntaba a su padre, el porqué de la tardanza en las demoliciones de la ciudad, ya llevaban cinco días y aún no iniciaban la construcción de la Nueva Ciudad, aquella que su padre le había descrito y que tendría muchos parques infantiles, un zoológico, un circo grande, una fuente luminosa, canchas de fútbol, estadio de atletismo, piscina y un gran teatro para ver títeres y películas.
Fady, ansioso preguntó:
- Padre cuántos días faltan para ver la Nueva Ciudad.
Násser le respondió:
- Ten calma hijo, el Señor todopoderoso, tiene su tiempo medido, solo te aseguró que será pronto. Él nos lo prometió y cumplirá. Por ahora hijo, arrópate y trata de dormir, deja que arriba los "demoledores" terminen su labor para que todo esté listo en la Nueva Ciudad.
El pequeño Fady, asintió con la cabeza, se inclinó para recibir la bendición de su padre y junto a Hasam se durmió profundo, Násser terminó de entonar el cántico del poder:*


"Lo hemos revelado en la noche del destino
y ¿cómo sabrás que es la noche del destino?
La noche del destino vale más de mil meses
Los ángeles y el Espíritu Santo descienden en ella
con permiso de su Señor, para fijarlo todo
!!!Es una noche de paz hasta rayar el alba!!!
!!!Es una noche de paz!!!... !!!Es una noche de paz!!!...


Aún no había amanecido y Fady ya estaba listo para dejar el refugio y regresar a la superficie. Era sábado y como de costumbre esperaba encontrarse a media mañana con los chicos del barrio, para ir hasta la playa a jugar con la pelota de trapo.
Los escombros en la ciudad cada día eran más notorios. Fady observaba la destrucción del barrio, sentía cierta nostalgia, pero la certeza y la seguridad en las palabras de sus padres, le hacía confiar plenamente que aquello era para construir la Nueva Ciudad. Eludiendo obstáculos alcanzó la calle principal, saltando entre los escombros, de cuando en cuando recogía retazos de tela y los amarraba con el cordel de un viejo costal que halló a la salida de su casa para ir fabricando la pelota de trapo.
A la hora de siempre llegó a la playa, y por un momento, sus vivaces ojos se fijaron en la inmensidad del mar, el rumor de las olas en su oído le producía una especie de tranquilidad que sosegaba el temor que cada noche sentía cuando ese infernal estruendo que los demoledores hacían en la superficie se filtraba por el angosto túnel, donde dormía él junto a su familia. Fady permaneció varios minutos, allí contemplando el horizonte y colocando sus diminutas manos en al arena para que los últimos suspiros de las olas le mojaran los dedos.
Unas pequeñas manos se posaron en su hombro, sacándolo de la meditación. Allí junto a él estaban Azha y Faysal listos para el juego, los demás aún no llegaban. En total eran ocho los amigos de siempre.
Los tres chicos decidieron recoger caracolas marinas, mientras esperaban la llegada de sus compañeros. La espera tardó más de lo normal. Una hora después, sin tener razón de los otros chicos, Faysal les propuso jugar a buscar rostros en las imágenes de las nubes del firmamento. Los tres tendidos boca arriba en la arena reían imaginando figuras y paisajes que comentaban con derroche de imaginación. El firmamento teñido de leves copos de algodón, tenía un intenso color azul. El sol juguetón se escondía entre las nubes.
De repente un ruido ensordecedor les hizo girar la cabeza. Atónitos vieron como las nubes se rasgaban en una estela de humo, sobre sus cabezas una parte desprendida de un avión descendía velozmente.
Luego un estruendo infernal y un fuego abrasador que los cubría, seguido de un ardor en la piel y un silencio hondo, profundo que arrasaba el mar, la playa y ese agradable rumor de olas. Fady sintió que se sumergía en un caldero ardiente, cerró sus ojos y a lo lejos divisó una luz blanca, un destello tan luminoso y brillante como jamás lo había visto en su corta vida, al fondo la Nueva Ciudad que su padre le dibujó, la misma que se iba a construir tan pronto como los "demoledores" terminaran de destruir la actual.
Fady sus ojos dulces y tiernos y observó que estaba cubierto de un manto blanco, a su lado marchaba una muchedumbre silenciosa, que lo llevaba en hombros sobre un mullido tapiz de rosas blancas. Él ahora tenía alas blancas.
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*Corán 97: 1-5
    
                        

sábado, 24 de septiembre de 2011

!!ABAJO EL TELÓN!!



Por: Fabio A. Rodríguez M. 
Frente al espejo, adorno su rostro con la mejor sonrisa. Suspiró profundo, hondo, tomando aire, intentado llenar el alma de pletórica alegría. Vibró con lúdica emoción, y en un ritual de embriagadora pasión repasó cada ejercicio del taller de expresión corporal. Rítmica su voz, hizo eco en la habitación, recitó con ilusión el poema 20 de Neruda:
“Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
y titilan, azules, los astros, a lo lejos…”


Sonrió, mientras su cuerpo se agitaba al fragor del verso. Al mejor estilo de Stanislavsky, se fundió en una alucinante y mágica armonía: versos, cuerpo, voz y vida. Cada movimiento era un tatuaje indeleble de certeza, de plena convicción en los latidos de su corazón. Recordó, una a una, las “Carta de amor” de Antonio Machado:
“Miras hacia otro mar, la mar de España
que Camoens cantara, tenebrosa.
Acaso a ti mi ausencia te acompaña,
a mí me duele tu recuerdo, Diosa...”


En su mente, lentamente, las escenas prodigiosas de “Romero y Julieta”, se fueron sucediendo como colofón de su preparación para la gran Audición de su vida, la AUDICIÓN DEL AMOR.

- ROMEO (Frente al balcón): “Pero, alto. ¿Qué luz alumbra esa ventana?. Es el oriente, y Julieta, el sol. Sal, bello sol, y mata a la luna envidiosa…” “…¡Ah, es mi dama, es mi amor! ¡Ojalá lo supiera!. Mueve los labios, mas no habla. No importa: hablan sus ojos; voy a responderles.

Sin prisa, se deslizó detrás del telón. Un suspiro hondo le acompañó. El alma a flor de piel, invadida de emoción. Su silueta, tenía esa apacible apariencia de humildad, mezclada con la energía vital de quien va por la victoria total. El Telón subió de forma lenta. Ahí, en su esplendor la fantasía total de la Audición, el corazón palpitando sin control  
La voz del presentador retumbó como un grito, rasgando el firmamento, en la tibia noche:
“Damas y Caballeros, esta no es una historia de amor, es, una historia de Engaño y Traición!!!, salida de las entrañas del desamor."

Su voz enmudeció, sus ojos nublados por la angustia se humedecieron, su cuerpo no respondió. La sonrisa huyó, y su alma estalló en un grito ensordecedor:  ¡ABAJO EL TELÓN!!!.




BOCA ARRIBA….. TENDIDA


Por. FABIO RODRIGUEZ M.

Mi perplejidad desbordó la torturante nostalgia que, al despuntar el alba, me produjo su cuerpo tendido en la acera. Dios!!... que espectáculo tan grotesco y horrendo. Una sensación de intensa ira y dolor rodó por mis mejillas.
La recordé, vibrante entre el bullicio de la agitada ciudad, en el ocaso del verano; en la apacible lontananza de la fértil llanura; en el cabalgar apacible, por la verde pradera; en el horizonte embriagador de una puesta de sol en la playa; en la inocente y contagiosa risa de los niños; en el mirar hondo, profundo y sin prisa de los amantes.
Su figura, otrora, hermosa y mágica, había sido la inspiración de los más destacados artistas: músicos poetas, pintores, dramaturgos y en su honor se habían escrito tantos libros, tanta literatura, que reunirlos en solo sitio, sería una labor imposible.
A sus pies, de tersa blancura y deliciosa silueta: reyes, estadistas, políticos, todopoderosos señores y magnates de mil pelambres, se vanagloriaban de ser los dueños de sus favores. Y los menos, los humildes, los sin rumbo, los finitos, los sin futuro, los de ancha espalda y manos erosionadas, de reojo la observaban con la ilusión en vilo de sus ojos, soñando que algún día un guiño suyo les recompensara.
Huésped de los más encumbrados palacios. En los más exquisitos lugares y en los grandes salones, donde a pulmón ardiente se decidía la suerte de todos, ella, solía exhibir su celestial figura. Y todos, en una enfermiza y mental fantasía la poseían. No escapaban a su encanto y embrujo, las veladas de pasión ferviente, que furtivos amantes, al compás de la ardiente piel,  inundaban el alma, con retazos de firmamento, que en un lecho de estrellas  y a la luz de la luna, se extasiaban en su mágica compañía.

La corte de aduladores, disputaban su compañía con la ansiedad feroz de una jauría de hienas, lo hacían sin miramientos, sin escrúpulos. Así en su nombre, por su nombre, y para el goce y el placer del infinito humano, era frecuente ver la tierra envilecida con la sangre de inocentes. Una caricia suya, era, llenar el alma con las mieles de la gloria.
Me costaba trabajo verla en ese lamentable estado y dejar que mi mente recorriera el recuerdo de su sublime mirada. Todos a una, pasaban con prisa, ella desecha y pérdida, allí se consumía maltrecha y socavada.

La duda me invadió, debía cerciorarme  de que en realidad era ella. Con la más honda tristeza, descorrí el retazo de bufanda que cubría su rostro descompuesto y con las señales de la violencia marcada en su piel, aún ensangrentada. El brillo  de sus hermosos ojos me dio la certeza…  !era ella!!. Boca arriba tendida, estaba la ¡!LA VERDAD!!.


martes, 23 de noviembre de 2010

EL RINCON DEL CUENTO
















LA NOCHE SONREIDA

POR: FABIO RODRIGUEZ MIRANDA

Cuando se paro frente al espejo, una sensación de terror y angustia se apoderó de él, con sorpresa observó que su sonrisa no estaba en el rostro. De la nariz hacia abajo solo había un espacio sellado plano sin boca…!sin sonrisa!!.


¿Qué había pasado?.. no lo podía explicar, solo esa angustia que le recorría la piel. Respiró hondo y comenzó a recordar. Se veía allí, sentado en el sillón viendo el noticiero en la televisión, luego leyó algunas páginas de “Lo mismo de siempre” de Somerset Maugham y finalmente, bien entrada la noche, estaba frente a la computadora terminando el capítulo tercero de su próxima novela.

La imagen de esa mujer estaba allí fresca en su mente. La percibía radiante en la ventanita del chat, solo había sido un breve instante en un receso de la narración de la novela, pero su rostro se le había grabado en el alma, esa mueca mezcla de inocencia y coquetería era un elixir de embriagantes sensaciones.


Con desespero frotaba sus dedos en la superficie lisa de la piel donde antes quedaba su boca. Intentaba reconstruir, buscar una hendidura que le retornara su sonrisa, pero todo esfuerzo era inútil, estaba la piel completamente sellada.


De repente en medio de su tormento sonó el cristal del ventanal, el vidrio se rasgo en pedazos y en el centro del salón, atada a una piedra, observó que había un papel. De prisa, se acercó y con ansiedad lo desató, era un mensaje corto. Los rasgos finos de una letra bien dibujada denotaban una personalidad segura, apacible, y sensual. 


¡Tengo tu sonrisa!.


Casi al instante sonó el teléfono. Con incertidumbre tomó el auricular, del otro lado, una voz suave y pausada dijo:


- Esta noche después del noticiero leerás, el segundo párrafo del capítulo I de la novela “Cuchilladas” de Francois Mauriac[1], luego observaras que el cielo se tiñe de gris, entonces saldrás antes de que la lluvia comience a caer sobre la ciudad, te dirigirás al bar de la Estación 80. Allí en la mesa que está justo en la entrada al costado derecho esperaras.


Puso sobre su rostro un tapabocas y así estuvo sumido en la ansiedad mientras oscurecía. Las horas pasaron con apacible lentitud. Miró su reloj, eran las siete de la noche, tomó sitio en el sillón, escuchó le noticiero, leyó el pasaje de Mauriac, y con prisa se acercó a la ventana. La noche estaba radiante el horizonte iluminado por una medialuna que semejaban una amplia sonrisa en el firmamento azul intenso y cargado de estrellas, ni rasgos de nubarrones ni de lluvia, con tristeza regresó a sillón, respiro hondo y notó que la claridad de la noche disminuía. En la lejanía se percibió, de repente, una luz intensa como de un rayo en la distancia, seguido de su atronador sonido, sin duda la lluvia se acercaba. Tomó la bufanda, tapó su rostro y de prisa salió al Bar de la 80.


Agitado, en medio de la ansiedad llegó, y se sentó en la mesa que la mujer le había indicado. Debió pasar casi media hora y de repente las luces del lugar se apagaron, la oscuridad fue total, sin embargo él percibió un destello carmesí entre las sombras, iluminada por una especie de aura resplandeciente el rostro hermoso de ella se acercaba sensual, su boca se depositaba en su rostro, en un beso hondo y profundo, apasionado…

La voz del empleado sonó agresiva…


- Que pena señor ya le dijimos que este café internet no es servicio de 24 horas, deje de reír tanto y por favor retírese o me veré en la obligación de llamar a la policía.


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[1] “Pero del cuerpo tendido al lado del suyo emanaba un calor excesivo; Elizabeth no oía respirar a Louis; de no ser por aquel fogón viviente que la abrazaba, la habría incluso inquietado aquel silencio, pues Louis, durante el sueño, acostumbraba a respirara agrandes intervalos y con fuerza….."

miércoles, 8 de septiembre de 2010

UNA VUELTA AL MUNDO DE LOS LIBROS


POR: GABRIELA BAUTISTA RODRÍGUEZ*

En un lugar lejano vivía la cazadora de libros Gabriela, una pequeña de once años que su mejor pasatiempo era comer los escritos de los libros y alimentarse de sabiduría, según ella, para que su cerebro creciera grande y fuerte. Un día, de repente, se le acabo la comida y averiguando donde la podía conseguir, supo que había una Feria del Libro y que allí se podían comprar miles y miles. Se fue con sus papas y su hermano a la feria y cuando llegó se alegró mucho, pues nunca había ido a una feria del libro. Allí se sorprendió de ver que había libros para los grandes, que nutren el cerebrito pero a veces de malas cosas, para los más jóvenes, que eran los preferidos de Gabriela, para los niños pequeños, y hasta para “dummies”, disque ajedrez para dummies. Gabriela no entendía muy bien ese ajedrez para dummies, ni le llamaban la atención.



La feria era toda llena de alegría. Eran casas gigantes y en ellas había un montón de libros; una casa era del bicentenario, otra de los cómics etc.…. Gabriela emocionada y hambrienta entro a cualquiera y miro los platos deliciosos; vio dos muy sabrosos y los compro, aunque por un momento quiso tener un gran poder y comprar toda la feria.

Caminaron, vieron, se provocaron, y muchas cosas más pero ya se hacía tarde y querían comer libros del restaurante (libros de cocina). Comieron, disfrutaron y siguieron su compra pero una música los desconcentro y los llevo a donde provenía el sonido. !Eran unos rockeros que su alimento se basaba en: música estridente, rock, emoción, y más rock. Los habían hipnotizado con esa música, Gabriela no les puso atención y se quería ir. “Parecen locos, no se les entiende nada solo gritos, y el cantante parece una niña con ese pelo. “Y le tira los piojos a la gente cuando se mueve así”, dijo Nicolás a carcajadas.


!Ya ! por fin se pudieron librar de esa gente y siguieron viendo comida pero ya eran como las seis y ya habían hecho mercado así que tristemente dijeron esta palabra que casi les rompe el corazón “vámonos”. Se despidieron de la feria y salieron satisfechos pues aprendieron muchas cosas, pero tristes porque querían volver y repetir miles de veces el recorrido a la sabiduría.


“Me gusto mucho, parecíamos locos comprando y comprando libros. No me bastaba cuarenta y dos libros en el año, quería seguir leyendo para aprender más, para meterme en el mundo del libro, viendo seres extraños, viviendo el terror y la fantasía, oliendo el fresco olor de las páginas y muchas cosas más que un libro así sea pequeño y corto; cuando nuestra imaginación vuela, pueda tener”


Atentamente: La cazadora de libros.

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Gabriela Bautista Rodríguez, 11 años, estudiante del Colegio Refous, 5o de Primaria, gustos: lectura, música y historietas




miércoles, 30 de junio de 2010

EL RINCON DEL CUENTO

LA LINEA SIN FIN


Por: Fabio Rodríguez

La penumbra invadió la habitación, sobre la mesa una rosa roja, al fondo, un viejo equipo de sonido dejaba escapar las notas de una melodía de Gilberto Santa Rosa. Con la destreza de un felino, se deslizo entre las sombras, depositó su ropa en el solterón, se coloco la pijama y fue a sentarse junto a la ventana como todas las noches. Entre sus manos, las hojas frescas de eucalipto que frotaba y luego olía con ansiedad. Su aroma iba impregnando el cuarto. En los últimos días, éste ritual se repetía con rigurosa puntualidad. Era una forma de ambientar las circunstancias que le permitieran tener contacto con la mujer que en sus sueños, aparecía cada noche, desde las dos semanas anteriores. Recordaba que la primera vez que lo visitó, traía una blusa negra con escote de tipo bandeja que dejaba al descubierto parte de los hombros, su piel era tersa como un durazno, y exhalaba un delicioso aroma, casi embriagador. Sus ojos tenían esa profundidad que se percibe en altamar, cuando le miraba, sentía una especie de desnudez espiritual, como si le indagara y a la vez le advirtiera que ella sabía todo respecto a él. Ese primer encuentro fue ameno, la noche era cálida, ella mantenía una postura serena, casi altiva, tenía, en sus ademanes, una actitud de seguridad, de dominio propio que le infundía a la charla una sensación relajante, sonreía por lo general con agrado, y cuando el comentario se cargada de humor, reía de forma natural dejando al descubierto toda la sensibilidad interior que era mezcla de inocencia y a la vez de perspicacia. Su risa tenía esa inocencia casi infantil y sin ataduras, limpia espontánea, que contagiaba y admiraba a la vez. Algunas veces la conversación se centró en sus aficiones musicales. Supo entonces que la música tropical, particularmente la salsa el fascinaba. La noche transcurría, él se sumía en una especie aletargamiento. La miraba con persistencia y su hermoso rostro se filtraba por los poros y se incrustaba en su alma.

Cada noche, la ansiedad era el denominador común. Antes de cada encuentro con ella, el ritual de preparación se hacia más complejo, pues cada charla le permitía conocer detalles acerca de ella, y los utilizaba para agradarla, para prolongar esas visitas furtivas, tratando de eternizar en el tiempo su presencia.

A medida que pasaban la noches, él sentía que en su ser se desbordada toda la poesía, que desde su interior un volcán se agitaba sin parar, casi a punto de explotar. No escatimaba esfuerzo y dejaban que la magia de su imagen le invadirá el alma y le tatuara esos versos en el corazón:

Te descubro a cada instante
mi sombra, mi látigo, mi cruz
mi deliciosa rosa fragante
mi guía de amor lejano, fuego y luz.
Te descubro con mis sueños gastados
con mis retazos de días agotados
y como en un oasis de silencios
mis manos, te beben hermosa fantasía.

A veces sufría, cuando observaba que ella tenía aflicción, ese manto de tristeza que se posaba, opacando el brillo del cielo en sus ojos. Pocas veces ella acepto hablar de eso, y se mostraba evasiva, o simplemente contestaba “bobadas mías”. Él había aprendido el lenguaje del corazón y sin duda casi siempre había en esa actitud, allí, una aflicción de amor, tal vez un desencanto, un amor no correspondido que la atormentaba, y entonces se le veía distante, fría, cargada de monosílabos, pero siempre le negó que tuviera una pena de amor, o mejor que estuviera enamorada de alguien. Y de nuevo él echaba mano de su verso para no perderla, para que su sueño siguiera siendo realidad:

Una noche de horizontes ajenos
sin firmamento, ni estrellas
tiene aroma de olvido y naufragio,
mientras en lontananza tu huella
se aleja... se aleja... se aleja...

Fueron muchas noches, todas terminaban con un poema, y la mañana como una esperanza de volverla a ver. Era sin duda su Musa, como había llegado no lo sabía, pero estaba allí y eso era suficiente, vivía para esos encuentros, su creatividad estaba al ciento por ciento, la disfrutaba; escribía arrumes de cosas, las tiraba al cesto de la basura, las volvía a escribir y de nuevo al cesto, luego se reía a carcajada batiente, hasta que al fin algún escrito se quedaba y era testimonio de sus sentimientos. Se tornaba feliz y volvía a renacer.

Ella en tanto le tomaba confianza, y daba la impresión de que disfrutaba de su compañía, llegaba puntual, tomaba la rosa roja, se quitaba el saco de lana y se sentaba frente a él. Desde allí le saludaba, enviándole un beso, soplando la palma de su mano. La conversación fluía: las tormentas de lo cotidiano, la interioridad del ser humano, las destrezas contra la aflicción, terapias de meditación para elevar el estado de ánimo, los comentarios jocosos, a veces solían intercambiar retazos de canciones y mil cosas más. Las palabras se hacían más íntimas y la confianza tenía aroma de afecto. Cada nuevo encuentro era oportunidad de plasmar en el papel un nuevo verso:

Esta noche te busco entre mis recuerdos
te presiento ardiente entre mi piel
en el camino de mis versos.
Es posible que esta madrugada
llegues aquí, radiante y victoriosa,
invadiéndolo todo, desde tus ojos
desde el paraíso de tus sentidos.

Él había tomado la decisión de prolongar, esos encuentros y hacerlos mas frecuentes, se había propuesto buscarla al día siguiente para compartir esas horas de atardecer que nunca habían sido posibles, pues sus encuentros siempre se sucedían en el horizonte del manto de la noche.

La Tarde se había teñido de gris, los nubarrones eran, en aquella época del año, comunes a esa hora, más tarde sin duda, una llovizna empezaría a danzar en medios de los paraguas, filtrándose al piso, con febril malicia. La inquietud era el denominador de su estado de ánimo aquella tarde. Sabía donde era posible encontrarla, por algunos comentarios en noches de diálogos prolongados tenía la información de la hora a la cual saldría para su casa, Ella le había contado muchas veces esa rutina, tomar el transporte al salir en la tarde. Decidió apostarse en la estación del trasmilenio para esperar allí el momento en que ella abordaría el transporte. La hora y la lluvia, que se acrecentaba, iban poco a poco congestionado la estación, a veces la muchedumbre se hacia insoportable y le entonces le asaltaba la duda de que ella no llegara allí ese día, sin embargo se reconfortaba pensando que en la noche le vería de nuevo, también era motivo de preocupación que en medio de tanta gente, no la pudiera ver, entonces se ponía alerta y tomaba una actitud nerviosa. La cual no pasaba desapercibida para la gente que a esa hora transitaba. No había lugar a dudas, el aroma de su piel se podía palpar a metros, su sonrisa, el tono de su voz, su sensual figura sus ojos profundos, no, no podía pasar desapercibida, su cabello abundante con el cual jugueteaba de manera coqueta, se podía percibir en la distancia sin equivocación, y su infinita y contagiosa alegría que era un himno alegría a la vida.

Entre el bullicio de la gente, se percato de su presencia, con rapidez de felino, como si se le fuera a escapara se acercó. Era tal su alegría, que su actitud se torno fuera de control. Hablaba sin parar, atropellaba las frases, con extremada ansiedad. Luego se reía, la contemplaba, le recitaba versos de los tantos que había escrito, volvía a hablar sin parar, y de nuevo reía. Era una imagen mezcla de desesperación y alegría de infinita alegría, cada poro de su piel exhalaba esa intensa sensación de un placer sin medida.

Debieron pasar muchas horas, la cuidad se escondía en el manto negro de las noche, la lluvia había cesado, ya nadie transitaba por la estación. Con precaución el policía bachiller se acercó.

- Perdón señor, si desea le regalo el afiche de la modelo, quedó espectacular en esa foto, pero mañana van a cambiar esa publicidad, así que si quiere se lo puede llevar para su casa, pero por favor, aquí usted ya no puede estar, es hora de cerrar, váyase a descansar.

La sirena de la ambulancia recorrió la ciudad de forma rápida, en la vía se observaba el brillante tapiz que dejaba la lluvia sobre el pavimento. Él, amarrado de pies y manos seguía recitando versos y estallando en carcajadas por instantes. La ambulancia atravesó el portón del Hospital psiquiátrico, a lo lejos un perro callejero daba ladridos que eran hondos quejidos